Hay personas que parecen haber nacido para el cargo que ocupan. Pero cuando uno conversa con el padre Elimar Gerardo Carvajal Durán entiende que, en su caso, la historia fue exactamente al revés. Esto porque el nuevo obispo de Puntarenas nunca soñó con ser obispo, ni siquiera con ser sacerdote.
“Yo nunca me veía cura. Mi intención era casarme”, dice entre risas, con una naturalidad que rompe cualquier idea solemne que uno pudiera tener antes de sentarse a conversar con él.
El papa León XIV lo nombró obispo de la diócesis de Puntarenas el pasado 13 de junio, aunque la toma de posesión oficial será hasta el 6 de agosto.
Entre esas dos fechas hay un hombre que sigue haciendo bicicleta estacionaria todas las mañanas, que cocina viendo tutoriales de YouTube y que confiesa que si Costa Rica jugara el Mundial se le olvidaría que es cura.
LEA MÁS: ¿Ya compró su número? Este domingo se juega el Gordito de Medio Año
En esta conversación, el padre repasó con humor y sin poses su camino, el que va desde un cafetal en Sarchí hasta el nombramiento que le cambió la vida.
Y esa primera frase basta para empezar a conocer al hombre que hay detrás del nombramiento.
No al obispo, sino al muchacho, al hijo mayor de una familia humilde, al niño tímido que creció entre cafetales, árboles de mango y guayaba, partidos de fútbol y caminatas por los caminos de Sarchí.
Un niño con 50 colones en la bolsa... y dos sorbetos
Elimar nació en una familia campesina. Su papá trabajó toda la vida en Hacienda La Luisa, mientras su mamá se dedicó a sacar adelante una casa donde nunca sobraba el dinero, pero tampoco faltaban el cariño, el trabajo y los valores.
Es el mayor de seis hermanos, y cuando habla de su infancia no recuerda juguetes caros ni vacaciones, sino algo mucho más sencillo.
LEA MÁS: Lanamme expone las soluciones reales para frenar la tortura de las presas que tanto le quitan la paz
“Yo llevaba 50 colones por día al colegio. Veinte eran para el almuerzo, diez para subir en bus, diez para bajar... y los otros diez para comprarme un sorbeto”.
Después se ríe y reconoce que muchas veces llegaba muerto de hambre a la casa.
“Éramos muchos y el sueldo era solo el de mi papá”. No lo dice con tristeza, lo dice con gratitud, como quien entiende que las mayores riquezas no siempre caben en una billetera.
El muchacho que no era delantero
Nunca fue la estrella de la mejenga, ni el goleador. Confiesa que siempre fue pequeño de estatura. “No me ponían de portero, jamás... yo jugaba de defensa derecho”.
También recibió sus buenas dosis de bromas cuando era chiquillo, pero ninguna logró quitarle las ganas de seguir jugando.
LEA MÁS: ¿Ebáis o emergencias? Aprenda cuándo debe ir al Ebáis y cuándo salir de inmediato para emergencias
La travesura que todavía recuerda
Cuando uno le pregunta por alguna maldad de infancia, primero hace memoria. Después sonríe y termina confesando una historia: “Entre varios amigos le quitamos todos los juguetes a un compañero porque era muy necio... los metimos en una caja y los enterramos detrás de la casa, en un cafetal”. Todavía hoy no sabe si el muchacho los encontró, pero espera que sí.
Cuando tenía diez años imaginaba un futuro muy distinto. Quería ser policía, después pensó en estudiar enfermería, aunque admite que cada vez que veía sangre el entusiasmo desaparecía casi de inmediato.
Más adelante quiso estudiar Trabajo Social y Psicología, pero luego entró a la Universidad de Costa Rica para ser educador. Pero la vida empezó a cambiar de rumbo, y ese cambio nunca estuvo en sus planes.
Cara de padre
Hay frases que terminan persiguiendo a las personas, y a él le repetían una desde adolescente: “usted tiene cara de padre”.
Él respondía casi molesto, con un “mmm ajá” que no convencía a nadie. “Yo pensaba que me estaban viendo feo”, cuenta entre risas. Porque él, insistía, quería casarse y formar una familia.
Todo cambió después de algunos retiros espirituales y de empezar a involucrarse más en grupos de oración. No fue una decisión de un día, sino un camino lento y sobre todo lleno de dudas.
La conversación difícil con su papá
Cuando decidió entrar al seminario, primero se lo contó a su mamá. Después vino la conversación difícil; su papá no estuvo de acuerdo y le pidió terminar la universidad primero.
Aquella noche la mamá habló con él, y al día siguiente cambió de opinión. “Si eso es lo que usted quiere... vaya”. Ese “vaya” terminó cambiando el rumbo de toda la historia familiar.
Si hubo alguien difícil de convencer fue su abuela paterna, doña Cecilia Camacho. Cada vez que él hablaba del seminario, ella respondía casi igual: “Deje de pensar tonteras”.
Solo empezó a creerle cuando ya llevaba varios años estudiando, y el destino quiso regalarles una escena imposible de olvidar: El día de su ordenación sacerdotal fueron precisamente sus papás y esa misma abuela quienes le colocaron los ornamentos.
Años después también le correspondió acompañarla durante su enfermedad y celebrar su funeral. “Ahí conocí otra parte de ella. Ya no solo era mi abuela... también era una mujer con una historia maravillosa”.
Estuvo a punto de abandonar todo
No todo fue certeza. Hubo momentos en que creyó que no podría continuar. El penúltimo año del seminario terminó completamente agotado e incluso viajó a Estados Unidos, donde estaba trabajando su papá. Ahí llegó a pensar seriamente en no regresar. “Yo le decía a mi papá que ya no quería volver”.
Fue su director espiritual quien le pidió terminar primero, y después decidir. Terminó, y nunca se arrepintió.
Cuando el Papa lo eligió
El pasado 13 de junio recibió la llamada que le cambió otra vez la vida. Contestó un número desconocido: era el nuncio apostólico. No hubo muchas vueltas. “A usted el Papa León XIV lo ha elegido obispo de Puntarenas”.
Dice que sintió mucho miedo. “No me siento capaz”, fue lo primero que pensó. Porque nadie se postula, nadie hace campaña. Simplemente, un día lo llaman y la vida cambia para siempre.
El único al que podía contarle... era al perro
Durante ocho días no podía decirle a nadie que había sido elegido. Ni a sus hermanos, ni a sus amigos, ni a sus papás.
Entonces recuerda una historia que todavía le causa gracia: un antiguo obispo, incapaz de guardar el secreto, llegó a la casa, vio al perro y le dijo: “Vos no podés hablar... me hicieron obispo”. La anécdota lo hace reír, y demuestra que incluso las noticias más grandes necesitan un poquito de humor.
“Yo esto ya lo sabía hace siete años”
Cuando finalmente pudo contarle a su familia, ocurrió otro momento inolvidable. Su mamá lo abrazó y le dijo que si era la voluntad de Dios, él mismo lo ayudaría.
Días después, durante un almuerzo familiar, uno de sus hermanos le preguntó a la mamá si ya sabía. Ella respondió con total tranquilidad: “Sí... yo esto ya lo sabía hace siete años”.
Todos quedaron sorprendidos. Entonces ella explicó: “Cuando lo mandaron a estudiar a España, yo dije: aquí viene algo”. A veces, las madres tienen un sexto sentido que no necesita explicaciones.
Cocina, hace ejercicio... y sufre con la Sele
Lejos de la imagen distante que muchas personas podrían imaginar, el nuevo obispo lleva una rutina bastante sencilla.
Todos los días, a las 6 de la mañana, hace media hora de bicicleta estacionaria y después levanta un poco de pesas.
Durante la pandemia aprendió a cocinar solo viendo tutoriales en YouTube, y confiesa que las series son tan peligrosas para él que prefiere no empezar ninguna, porque sabe que terminaría amaneciendo frente al televisor.
Dice que no está siguiendo al 100% el Mundial. Sí ve algunos partidos, le gusta Portugal, Alemania, Brasil, México y Colombia (todos ya eliminados). Cuando juega Costa Rica... “Ahí sí se le olvida a uno que es cura”.
Un puente
Cuando se le pregunta cómo quisiera que la gente lo recuerde dentro de diez años, no habla de templos, ni de edificios, ni de grandes obras. Habla de algo mucho más sencillo: “Que la gente diga: gracias a usted me acerqué a Dios”.
Después hace una pausa y resume lo que parece ser la misión con la que llega a Puntarenas. “No quiero que me recuerden por lo que construí. Quiero ser un puente”.
Quizá esa sea la mejor forma de entender quién es el nuevo obispo.
No el hombre que buscó un cargo, sino el muchacho de Sarchí que soñaba con casarse, que creció con cincuenta colones en la bolsa, que todavía recuerda el sabor de aquellos sorbetos, del recreo y que nunca imaginó que un día terminaría guiando a toda una diócesis.








